Café Müller: espacio para una danza que (se) transforma

Por María José Rubín – Tw: @Pihuma Café Müller es un espacio dedicado a la formación de artistas, la investigación, la producción y la programación de obras de danza de forma independiente. El espacio es gestionado de manera colectiva por Defensores de la Danza, un grupo integrado por Omar Possemato, Laura Aguerreberry, Jimena García Blaya […]

viernes, 27 de diciembre de 2013 |

Por María José Rubín – Tw: @Pihuma

Café Müller es un espacio dedicado a la formación de artistas, la investigación, la producción y la programación de obras de danza de forma independiente. El espacio es gestionado de manera colectiva por Defensores de la Danza, un grupo integrado por Omar Possemato, Laura Aguerreberry, Jimena García Blaya y Analía Slonimsky.

Este nuevo proyecto independiente ha vivido un “éxito” (aunque esta palabra guarde reminiscencias de otras formas de pensar el mundo que nada tienen que ver con la lógica de Café Müller) que es indicio de una necesidad en el campo de la danza, de una tendencia que encontró allí un lugar y una propuesta acordes a sus movimientos. Al respecto, Jimena García Blaya nos cuenta:

“La clave del éxito –entendiendo “éxito” como la repercusión, la producción de eventos y hechos artísticos, la formación y la colaboración con la carrera de colegas– tuvo que ver con la necesidad individual de tener un Café Müller, que a su vez se da por la necesidad colectiva de un espacio realmente independiente y under: un espacio que se pueda permitir lo experimental”.

"Café Müller era la necesidad de un colectivo de gente que estaba a punto de crear, o  que estaba creando", dijo a REVOL una de sus creadoras, Jimena García Blaya. Foto: Gentileza Café Müller.

“Café Müller era la necesidad de un colectivo de gente que estaba a punto de crear, o que estaba creando”, dijo a REVOL una de sus creadoras, Jimena García Blaya. Foto: Gentileza Café Müller.

R: ¿Cómo surgió Café Müller?

CM: Una noche estuve en el Teatro El Brío, en un ensayo que empezó a las tres de la mañana. Nayla (Pose) y Claudio (Quinteros) vivían ahí y a mí me parecía fantástico poder tener un espacio disponible en todo momento, además de los buenos resultados que obtuvieron.

Entonces al otro día pensé: “¡Pongo un teatro y me voy a vivir ahí!”. Pero lo imaginé destinado a la danza, porque en este ámbito el acceso es más difícil: hay que presentar una carpeta en un espacio en el que casi nunca te programan en horario central; además, hay muy pocas salas dedicadas a la danza independiente, al experimento, a la investigación, a jams o eventos sociales que tengan que ver con la danza.

Ese día lo charlamos con Laura (Aguerreberry) y Analía (Slonimnsky), que son mis otras socias, y así surgió. En retrospectiva, creo que Café Müller era la necesidad de un colectivo de gente que estaba a punto de crear, o  que estaba creando. Hoy la familia de Müller es enorme: personas que colaboran directa o indirectamente, todos los días o esporádicamente. Me parece que eso demuestra la necesidad de un espacio que sea a la vez sala, aula, un lugar de reunión y festejos, donde hay talleres, música, teatro, literatura, encuentros de plástica, siempre pensado desde la danza.

Creo que el éxito también radica en que no tenemos un criterio curatorial acotado solamente al soporte de obra acabada, sino una visión más contemporánea de la creación: el leitmotiv de Café Müller es “espacio para el cambio permanente”. Entonces aceptamos tanto una obra de alguien con experiencia o más recorrido profesional y ese mismo día puede compartir la función con grupos que empezaron hace poco. Eso genera algo popular con el espacio, para “deselitizarlo”  y acercarlo a la necesidad real de la danza.

Creo que el elemento clave es que somos un colectivo: hay una concepción de club, de discutir las cosas, de abrirse a otras propuestas, de no programar solamente lo que nos parece “lindo”. Arriesgamos a la gente nueva, a la que no conocemos, a traer gente de afuera, argentinos que se hayan ido. Arriesgamos a que el intercambio sea vincular, no solamente de lenguaje estético, porque nuestro fin, móvil e inalcanzable, es el mismo.

R: ¿Qué cosas pasan en Café Müller?

CM: ¡Pasan muchas cosas! Y todo articula con todo, pero se podría distinguir, por un lado, la parte de formación. Esta parte consiste en una grilla de clases y talleres, que nos gusta llamar “atelier”, y que se articula con un programa, una propuesta del espacio de generar un grupo que comparte el recorrido, transita la grilla libremente y tiene un espacio de laboratorio en común; y propuestas de producción que les hacemos para una muestra, un jam, entre otras cosas. En este ámbito también se dan seminarios, en los que se enmarca el proyecto Repatriados, en el que invitamos a los argentinos que se fueron del país y que vuelven en algún momento para que vengan a Café Müller. La parte de seminarios también se mezcla un poco con la investigación.

A nivel investigación, que es la “pata” que más cuesta mantener económicamente, existen las residencias de creación y se mezclan también con la parte de producción. Tenemos un proyecto residente, MiMaMe, y una compañía residente, Tinkunakuy, que trabajan todo el año en el espacio de residencia fijo y producen trabajos. Tenemos un proyecto que se llama Bocetados, que es un experimento en el que reunimos un elenco y dos creadores que arman bocetos de trabajo en un determinado tiempo. Bocetados es poner en cuestión el acabado, la necesidad de hacer una obra, y permite vincular gente que no se conoce y que después puede formar sociedades artísticas y sociales.

Por otro lado, en la parte de producción de obras y trabajos artísticos, nosotros co-producimos poniendo a disposición recursos (que no son específicamente dinero) como el salón, las horas de trabajo, las fechas, la motivación, el acompañamiento, la tutoría. En ese sentido, ya coproducimos nueve obras.

Después está la programación de obras, que para nosotros es también un espacio de creación. Porque entendemos que la programación es abrir un espacio, no solamente organizar horarios.

Y como cereza del postre, está la parte del club, que abarca todo: cómo se administra el espacio, cómo se colabora en el espacio, lo social –acá hay gente que viene a trabajar, a hacer tiempo, a leer, a tomar el sol, a juntarse con amigos o a hacer amigos, a encontrarse para ir a otro lado–. Hay toda una capa social que es tan importante como las otras, y que trasciende Café Müller, algo que necesita todo el ambiente de la danza.

En cuanto a producción, también hicimos eventos por fuera, porque creemos que Café Müller va más allá de las paredes, y la idea es seguir llevando la curaduría o la idea de club a otros lados. Este año hicimos dos ciclos en Timbre 4, un ciclo en La Plata… La movilidad y las ganas de compartir las encontramos en todos los lugares a los que fuimos: una necesidad de acercarse a la danza.

Una grilla de clases y talleres + propuestas de producción en Café Müller. Foto: Gentileza Café Müller.

Una grilla de clases y talleres + propuestas de producción en Café Müller. Foto: Gentileza Café Müller.

R: Otro de estos acontecimientos puertas afuera fue el Festival Callejero, que tuvo su segunda edición hace muy poquito, el sábado 23 de noviembre. ¿Cómo nace la propuesta y cómo vieron esta edición respecto de la vez pasada?

CM: La calle tiene algo popular: acá es un espacio relacionado con el barrio, la kermesse, el carnaval, y en otros países, como en Europa, es un lugar de “no reglas” para el arte, un lugar de comunicación de la cultura. De esa mezcla que somos entre Europa y el Río de la Plata, nació el festival. En el grupo de Café Müller también hay gente que viene de murgas y corsos, que contribuyó al interés de hacer algo en la calle. El festival tiene que ver con “descristalizar” la danza, no sólo para el que la ve, sino también para el que la hace: porque no necesitás siempre un camarín, un piso.

Por otro lado, salir a la calle también es un acto político en todo sentido, no sólo como crítica y oposición a la política cultural del actual Gobierno de la Ciudad, sino porque la calle es un espacio público; hay una costumbre muy fuerte de puertas para adentro en la ciudad y nosotros creemos que eso va en contra de la cultura de Buenos Aires, que siempre fue en la vereda, con los chicos jugando en la calle, los vecinos con el mate, el Año Nuevo y el Carnaval con el agua. Con respecto a la edición del año pasado, este año fue mucho mejor a nivel producción porque en este tiempo aprendimos mucho sobre la organización de este tipo de eventos.

El año que viene vamos a hacer un ciclo que se llama “Café Müller de gira”, y va a circular por varias salas de la ciudad. Estamos con la idea de potenciar la parte de puertas afuera: programar en otros lugares y traer artistas de otras partes del mundo, trabajar en el intercambio con otros colectivos, con espacios parecidos. Me parece que esto responde una necesidad geopolítica del momento en Latinoamérica y creo que potenciaría mucho los lenguajes de cada lugar. Sin dinero es un poco difícil, pero la idea es articular recursos con otros países: que un artista, al venir a la Argentina a hacer una residencia en Café Müller, pueda pedir una ayuda en su país.

R: El dinero siempre es un tema complejo.

CM: Desde hace un tiempo el dinero empezó a ser un tema de conversación entre nosotros. El problema es que no hay un hábito de gastar en cultura, o de valorarla como una necesidad de construcción de la persona. Este tipo de espacios como Café Müller, que no tienen una lógica empresarial, es una inversión como sociedad. Hace poco empezamos a discutir esto: cómo comunicar y cómo resistir desde ese lugar. Porque el arte es transformador: es un acto político que transforma a la sociedad, que une o desune, y que también se plantea y se pregunta cosas, muestra otra realidad.

Nosotros usamos un sistema de rangos para los pagos: en todo lo que se consume de Café Müller, no tenemos un precio fijo sino metas. Entonces, por ejemplo, las cuotas de las clases tienen un objetivo mensual: hay un mínimo y un máximo, y la idea es invitar a reflexionar a cada uno sobre qué es lo que puede realmente invertir en el espacio y en el taller que está haciendo. Esto lo implementamos también con las entradas.

Clase Abierta. Foto: Gentileza Café Müller.

Clase Abierta. Foto: Gentileza Café Müller.

R: ¿Y qué resultados tuvieron?

CM: En principio, el resultado es malo en el sentido de que cuanto menos pueden pagar, menos pagan; pero no estuvo respaldado hasta ahora con una explicación de lo que estamos haciendo. El año que viene nos vamos a abocar a eso. Yo creo que hay mucha ignorancia acerca de qué es lo que se paga cuando se paga una entrada. Hay una idea medio romántica de que como hacemos lo que nos gusta, o de que como no es un trabajo, no conlleva un gasto. Lo que está faltando es la comunicación de qué es lo que hacemos, qué se está pagando con una entrada.

Necesitamos un tiempo para poder transmitir eso que estamos conversando y para reflexionarlo nosotros mismos, porque también en el ambiente de la danza hay una especie de autoexplotación. Hay que hacer una reflexión dentro y fuera, y una comunicación hacia la sociedad para que se valoren estos espacios con más cercanía; porque yo siento que las personas se ponen en una situación lejana respecto del arte, cuando en realidad puede ser algo de todos los días.

Intensivos de Verano Café Muller

Cafe Muller

El intensivo de verano, articula varios cursos de entrenamiento, práctica e investigación en danza Contemporánea y artes escénicas en una propuesta intensiva de dos semanas de duración. Está pensado para estudiantes residentes en Buenos Aires y otras provincias del país y países limítrofes.

SE LLEVARÁ A CABO ENTRE EL 10 Y EL 22 DE FEBRERO DE 2014

YA ESTÁ ABIERTA LA INSCRIPCIÓN -> Informáte más a clubcafemuller@yahoo.com.ar

*Para interesados de provincias del interior o extranjeros pueden consultar también por el precio con hospedaje y desayunos incluidos.

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