El amor en tiempos de lobos

Ayelén Clavín y Gastón Exequiel Sánchez dirigen “Lobo, te amo [una ficción muerta”, una obra que hace nacer el amor del espanto.

jueves, 28 de abril de 2016 | Por Maria José Lavandera

Hace falta matar las ficciones. Las individuales y las colectivas.

Por empezar, quizás sea bueno saber que siempre vivimos en una. Que son tan inescapables como carnívoras. Así también, es posible que llegue, en algún momento, la oportunidad de rasgar las vestiduras de sus evidencias. Y termina uno amando lobos.

Por suerte.

Ayelén Clavín y Gastón Exequiel Sánchez son los responsables de uno de estos necesarios crímenes. “Lobo, te amo [una ficción muerta]” recompone algo de desorden. Estrenada en la primera parte del Festival Internacional de Danza Emergente de Buenos Aires (FIDEBA) el pasado febrero de 2016, esta obra visita uno de los clásicos de la literatura -“Caperucita Roja”-, sugiriendo nuevas lecturas que encierran una serie de dilemas respecto de una multiplicidad de aristas: partiendo de una crítica al estereotipo moralista que este tipo de cuentos encarnan como género y sus lecturas más habituales hasta una puesta en cuestión del dispositivo escénico y del rol de sus intérpretes -con la consiguiente pregunta, justamente, por la “interpretación” como una forma de construcción de un relato.

La obra está interpretada por el mismo Gastón y la talentosa Daniela Cámpora, quien el año pasado dio sus primeros pasos también en la dirección de “Nana”, un ensayo sobre los sentidos de la libertad.

Foto: Gentileza.

Foto: Gentileza.

Rojo. Lobo. Sangre. Miedo…

Arriesgo una propuesta, casi que al pasar: Una niña que, así como el lobo, busca sobrevivir en ese bosque cuyas reglas no están escritas para nadie y, si tiene que hacerlo a costa de la vida de otro ser, también lo hará. Tal como el lobo lo hace.

Desde nuestra actualidad -quizás…-, la narrativa del cuento se presta fácilmente a los quiebres ideológicos. Que Caperucita es tan mala como el lobo. O que el lobo es tan bueno como Caperucita: “Creemos que el cuento de Caperucita es un caso ejemplar entre esos tipos de relatos porque incluye las polaridades de lo bueno y lo malo, como dos dimensiones claramente discernibles. Eso es sobre lo que queríamos jugar, entre otras cosas: cómo la niña buena tiene algo de Lobo, y cómo la astucia y la maldad pueden ser lo visible de un ser muy vulnerable. La historia de Caperucita -primeramente de circulación oral- incluye a una niña en problemas y a un lobo humanizado, también en problemas. Una niña que experimenta un dilema moral -obedecer/desobedecer, atender a su razón/atender a sus deseos- y que entabla entonces un vínculo con otro que también desea… Todxs podemos ser ambos, y a eso jugamos en la obra”, explican sus directores.

La fábula en cuestión pasó al papel a través de Jules Perrault -de 1697- y fue esta versión retomada por los Hermanos Grimm hacia 1800, junto con algunas adaptaciones, que ha persistido. Fueron los autores del final que favorece a la protagonista, en una versión bastante edulcorada que, más allá de la fuerte intención moralizante, resulta tranquilizadora. Fueron estas versiones que fueron tomadas como “originales” y puntapié de los desvíos propuestos para “Lobo…”: “Trabajamos acordando esas dos versiones como originales y lejanas en el tiempo. Estudiamos sus insistentes moralejas y jugamos con ellas. También visitamos reescrituras literarias más actuales, en donde los lugares estereotipados de lo correcto y lo incorrecto están puestos en duda. Ejemplo de estos trabajos son “Caperucita en Manhattan”, de Carmen Martín Gaite o “Una caperucita roja” de Marjolaine Leray. Ya en estas relecturas hay problematización de los lugares y acciones de los personajes originales y lo que sucede es que Caperucita y el Lobo están mucho más cerca entre sí, respecto a lo que sienten, a los conflictos con los que se encuentran. LOBO, TE AMO [una ficción muerta] sigue este juego, y se vale de esa historia de escrituras y reescrituras que experimentó el cuento, moviendo esos lugares fijos en los que se ubican la maldad y la bondad, la animalidad y la civilización, la razón y las ganas irrefrenables, la masculinidad y la femineidad, la obediencia y la posibilidad de cuestionarla…”.

Foto: Gentileza.

Foto: Gentileza.

Y, como no es extraño que pase, es en el espanto que sucede el amor. Las capas en que puede descubrirse el amor son tan diversas como las perspectivas de análisis que habilita el cuento y es allí en que éste se desbarata para, en un mismo movimiento, fortalecerse en su actualidad: “Una posibilidad es pensar que quien dice ‘lobo, te amo’ es, efectivamente, Caperucita. Entonces ahí hay quizá una niña, que es encantada por esa animalidad, o que gusta de quien hace el mal, o que ama ese dolor que le causa amar. Otra posibilidad es pensar que quienes decimos ‘lobo, te amo’ somos todxs, a coro. Algo así como reivindicar al malo de la historia y explicar los motivos que tuvo. Ensayar cómo sería estar por cincuenta minutos en sus zapatos, o en sus garras. Por supuesto habrá también otras posibilidades de leer el título de la obra. Sin duda hay una alusión al cuento, pero quien aparece en el título es el segundo protagónico -el Lobo- y no la niña -o quizá sí, como la voz que enuncia esa frase: ‘lobo, te amo’-. El modo de jugar con esos enunciados y con esos enunciadores es matando una ficción”.

Por demás interesante es, finalmente, venir a descubrir, además, que el cuento de Caperucita fue la excusa perfecta para desandar una fábula típica infantil -que, por supuesto, supone descomponer las tramas culturales más extensas que sostienen la superficie de su trama-, sino también la posibilidad de [de-re-] construir una ficción en tanto intérpretes en una escena teatral, en un momento particular, en un espacio determinado y qué supone todo eso: “Digamos que si nuestro ‘de qué se trata la obra’ fue la historia de Caperucita y el Lobo, el ‘cómo hacerlo’ consistió cruzar nuestro presente: construir -y a la vez destruir- esta historia, actualizándola desde nuestros lugares y a partir de nuestras preguntas. Cómo un actor encarna uno, y sólo un personaje, cuando su subjetividad incluye mucho de su adversario. Cómo hacer de buenos, si somos malos, por ejemplo. Cómo actuar, si somos. En este cruce entre el cuento original, las reescrituras, nuestro presente y nuestra profesión -nos preguntamos cómo hacen dos seres de este tiempo, que son bailarines, que difícilmente pueden vivir de lo que hacen y que ensayan y dan muchas clases al día, que ponen ensayos a horarios insólitos-. Aparecen los procedimientos escénicos, algunos más camuflados y otros más a la vista. Nuestras preguntas sobre el teatro y la danza, incluyen intereses sobre la ilusión y la des-ilusión teatral, lo ficticio y lo real, un espectador que empatiza hasta con su piel de gallo y un espectador que se pregunta sobre lo que ahí acontece. Ahí arribamos…a una ficción muerta. Una Caperucita hoy, le haría muchas preguntas a la Caperucita de otros tiempos”, rematan.

Ambos son artistas de excepción, cuya escuela se palpa en trayectorias profesionales como intérpretes que incluyen a algunos de los directores más importantes de la escena argentina. Ahora mismo, además, son parte de dos de las mejores obras que se han visto en el circuito contemporáneo de los últimos años: Ayelén Clavín participa en “La Wagner”, de Pablo Rotemberg, y Gastón Exequiel Sánchez es ambientador visual en vivo de “Recordar 65 minutos para vivir 30 años”, de Marina Otero.

Sin duda, llena de expectativas el trabajo de esta joven y madura dupla artística.      

+CARTELERA

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