Kitchen.ca: La intimidad y el abismo

Por María José Rubín El espacio escénico es un lugar, pero no sólo eso. El espacio-tiempo de una obra de arte es ese universo paralelo que se crea y recrea ante los espectadores en cada función, y que bien puede presentarse sólidamente delimitado respecto del exterior: de esa otra realidad en la que vivimos lo […]

Domingo, 01 de septiembre de 2013 |

Por María José Rubín

El espacio escénico es un lugar, pero no sólo eso. El espacio-tiempo de una obra de arte es ese universo paralelo que se crea y recrea ante los espectadores en cada función, y que bien puede presentarse sólidamente delimitado respecto del exterior: de esa otra realidad en la que vivimos lo cotidiano.

Pero ambos espacios, el escénico y el real, están intercomunicados, atravesados por infinidad de líneas comunes que, bien vistas, cuestionan con bastante convicción el postulado de una división tajante.

Foto: Ramiro Peri.

Foto: Ramiro Peri.

Kitchen (íntimo), una obra de Yamila Guillermo con la impecable y generosa interpretación de Julia Gómez, Marisa Villar y Georgina Forconesi, lleva inscripta en su tarjeta de presentación una frase: un breve fragmento de un monólogo pronunciado en Persona, la película de Ingmar Bergman que se sitúa, de alguna manera (o de muchas), en los orígenes de su concepción. Una frase que dibuja una suerte de bisagra visual que vuelve la mirada hacia uno y otro frente de la relación dialógica y “abismal” entre sus protagonistas, Alma y Elisabet, pero también entre “lo que eres para los otros y para ti misma”.1

Un cuerpo enmarcado es lo primero que se muestra a los espectadores: un cuerpo expresamente delimitado pero también un cuerpo descubierto, expuesto. Esta sola imagen inicial podría ser la clave de Kitchen (íntimo): este marco explícito, acaso una metáfora del espacio escénico, lo pone en evidencia y lo cuestiona: hasta aquí llega la obra; hasta aquí, la ficción; pero el marco es móvil, los cuerpos lo habitan y lo abandonan, se mueven dentro y fuera de cuadro, lo trasladan y lo desactivan.

En este sentido, la obra opera un doble movimiento: busca acercar, achicar el abismo entre lo que es para los realizadores y lo que es para su audiencia; llegar a ella y hacerla reaccionar, al igual que las figuras en escena, al igual que Alma y Elisabet, hasta no saber quién es quién y cuál es su lugar dentro de la lógica del relato, del famoso espacio escénico: redefinir el contacto con el otro es también redefinir la identidad –de los personajes, de los espectadores, de la obra misma–.

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Foto: Ramiro Peri

En ese afán de aproximación, Kitchen (íntimo) deja ver las marcas del lenguaje, los confines del espacio que, evidenciado, parece oscilar entre la intimidad y la absoluta distancia, en un terreno de definiciones ambiguas que permite estar cada vez más cerca y, por lo tanto, cada vez más lejos.

“Nadie pregunta si es real o irreal, si tú eres verdadera o falsa. La pregunta sólo importa en el teatro. Y casi ni siquiera allí.”2

¿Y por qué no cuento más? Porque no me tiembla la mano ni por un segundo al escribir esta recomendación: no confíen en mí; vayan y vean.

1 Persona (1966) Dir. Ingmar Bergman.

2 Ídem.

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