Un 12 de febrero de 1881 nacía Anna Pavlova

Homenaje a la gran bailarina rusa, que generó un quiebre en la concepción de la danza y la llevó por el mundo entero.

Miércoles, 12 de febrero de 2014 | Por Maria José Lavandera

Anna Pavlova fue una de las bailarinas más admiradas de su tiempo, comienzos del siglo XX: fue precursora en la concepción de la danza en Rusia, adepta a las danzas orientales, de una especial sensibilidad social, trabajadora incansable y una artista de una delicadeza y un histrionismo únicos en la transmisión de la emoción a través de la danza.

Descendiente de una familia pobre, nació en San Petersburgo (Rusia). Sin embargo, su padre por línea sanguínea fue un famoso y rico banquero de la época – Lázar Polyakov -, quien se hizo cargo monetariamente de sus estudios y su bienestar. Su madre –Lyubov Fedorovna Pavlova-, una lavandera, y su esposo, un soldado retirado llamado Matvey Pavlov, que murió cuando Anna tenía sólo dos años, fueron, sin embargo, su familia socialmente “reconocida”.

Anna, a pesar de no llevar el apellido familiar, fue mayormente criada por su abuela paterna –la madre de Polyakov-, quien vivía en un suburbio de lujo en San Petersburgo llamado Ligovo. De este modo, creció rodeada de conocidos de la alta sociedad y fue junto a ella que asistía habitualmente a las presentaciones de ballet del Teatro Mariinsky. Desde los 8 años tenía la ilusión de ser bailarina: intentó entrar a esa edad a la escuela de dicho teatro, pero no fue admitida. Fue recién a los 10 años que ingresó en la Escuela de Ballet Imperial, donde estudió hasta los 18. Vivió durante todos esos años en el internado, sumida en su entrenamiento dancístico. Siendo estudiante adoptó una estricta dieta basada en pescado y verduras, que no abandonaría jamás en su vida. En la escuela tenía actividades físicas de ballet durante hasta 8 horas al día, al tiempo que también estudiaba música. Se dice que gozaba de oído absoluto.

Anna Pavlova y Enrico Cecchetti en Ivy House en Londres.

Fue el mismo Marius Petipa quien la admitió, a pesar de que, según indican algunos biógrafos, la consideró “frágil” y no exactamente bella, aunque muy flexible, con capacidad de doblarse y girar de modos muy agraciados. Fue esa potencia expresiva a través del movimiento que la convertiría en un mito de la danza mundial. De hecho, ella fue un hito fundacional en un nuevo estilo dancístico para el ballet ruso: mientras que habitualmente se valoraba especialmente la fortaleza técnica y física, de musculatura gruesa y potente, ella fue el paradigma de la bailarina delgada, pequeña y delicada.

Asimismo, dado su empeine sumamente arqueado, Anna reforzaba sus zapatillas de punta con pedazos de cuero para que no se le quebraran los pies. Si bien en aquel momento esto se consideraba como “una trampa”, hoy las zapatillas de punta llevan tratamientos de refuerzo similares a los que ella desarrolló por sí misma para ayudar a las bailarinas con empeines muy trabajados.

Anna Pavlova en India 1923 Mumbai. Foto: Bettman | CORBIS

En 1899 entró al cuerpo de baile del Teatro Mariinsky. Fue en 1906 que se convirtió en Prima Ballerina del elenco. Allí que trabajó, como partenaire y coreógrafo, con Mikhail Fokin, quien creó para ella “La muerte del cisne”, con la música de Camille Saint-Saëns de “El Carnaval de los Animales”, que se convertiría en su pieza favorita y cuya interpretación la catapultaría, a lo largo de la historia, a la categoría de “mito”. En 1908, el famoso productor ruso Sergei Diaghilev contrató a Anna y a Fokin para sus presentaciones de “Les Ballets Russes” en París y Londres, momento en que se consolidaría su fama en Europa.

No obstante, no permaneció mucho tiempo en este proyecto. Pronto, su vida personal daría un giro que favoreció su independencia profesional: fue en 1904 que conoció a un aristócrata de origen ruso-francés, Victor D’Andre, un hombre de negocios que trabajaba en San Petersburgo. Fue acusado de fraude y puesto en prisión, pero Anna, profundamente enamorada de él, lo rescató de la cárcel, pagó todas sus deudas y expensas legales. Se casaron en 1911 y él se convirtió en su manager. En 1913, ambos reunieron una compañía de bailarines, con la que comenzaron a hacer diversas giras, que cada vez se intensificaron más. Fue gracias al éxito y la popularidad de Pavolva, que la compañía que inicialmente contaba sólo con 8 bailarines, creciera a albergar casi 60, más el staff de administración, todo manejado por su marido. Fue así que se llevó a cabo la fundación de su propia compañía, con la que bailó, literalmente, hasta su muerte en 1931. A su vez, también junto a su marido, creó escuela de danza en Londres, ciudad donde eligió vivir, en su propia casa. Allí disfrutaba Anna de un exotismo particular: en medio del parque, se emplazaba un lago con cisnes, en honor a la pieza de Fokin que la había consagrado.

Junto a su compañía, Anna viajó por todo el mundo, incluso a lugares donde en aquella época no sólo era difícil llegar en términos logísticos, sino también destinos poco habituales para un espectáculo de ballet, como Asia, Australia y América Central. Se dice que para cumplir con sus compromisos llegó a practicar hasta 15 horas seguidas y podía bailar entre 8 y 9 funciones por semana. Se había propuesto especialmente aproximarse a audiencias nuevas, con poca experiencia en la danza y que habitaran lugares inhóspitos y remotos, como zonas rurales a las que nunca nadie iba, en todo el mundo. Sus actuaciones en Japón, México, India y Australia marcaron un antes y un después en la creación de agrupaciones nacionales y fomento de las actividades de danza en cada país. Dio más de 400 presentaciones en el periodo entre 1913 y 1931.

Incluso, Anna tenía especial entusiasmo por las danzas étnicas y tradicionales de cada lugar que visitaba: tal es así que aprendía las técnicas y, en cada programa, procuraba incluir alguna danza autóctona, amén del repertorio tradicional de ballet. Especialmente trabajadas por ella fueron las danzas japonesas e indias, de las que dejó constancia en un escrito – “Impresiones Orientales” -, elaborado junto a Uday Shankar, quien se convertiría luego en uno de los bailarines más importantes de la India, tomando una importancia capital en el renacimiento de la danza en ese país.

Bailó intensamente casi hasta el día de su muerte: la existencia de su compañía dependía fundamentalmente de su figura, lo cual se convirtió a lo largo de los años en un peso demasiado grande. Fue a la edad de 49 años que, con un cansancio físico extremo, contrajo una fuerte pulmonía, que desembocó en una pleuresía, viajando en un tren hacia Holanda. La enfermedad progresó rápidamente y no pudo recuperarse. Ella deseó morir con el traje que usaba para bailar “La Muerte del Cisne”. La presentación que estaba planificada luego de su fallecimiento se llevó a cabo con un proyector iluminando el escenario vacío, al son de la música que ella debía haber bailado.

Fuentes:
Wikipedia
Britannica.com
IMDb
Notablebiographies.com

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