Lub Dub: Latidos en movimiento

Por Estefanía Lisi El Portón de Sánchez es un espacio que denota historia y arte. El barrio de Almagro, con esa impronta bohemia de tangueros viejos, artistas escondidos y almacenes antiguos, le sienta bien. Esa es la impresión al momento de ingresar al lugar en el que se desarrollará el esperado estreno de “Lub Dub”. Se […]

Sábado, 24 de agosto de 2013 |

Por Estefanía Lisi

El Portón de Sánchez es un espacio que denota historia y arte. El barrio de Almagro, con esa impronta bohemia de tangueros viejos, artistas escondidos y almacenes antiguos, le sienta bien.

Esa es la impresión al momento de ingresar al lugar en el que se desarrollará el esperado estreno de “Lub Dub”. Se trata de un espectáculo que, como adelantó su directora -Roxana Grinstein- en entrevista con REVOL, reflexiona acerca de los sometimientos hechos carne, naturalizados en el cuerpo. Enseñanzas que aprisionan, en vez de liberar. Para ello, utiliza una herramienta polémica dadas las varias connotaciones que dispara en la obra: las zapatillas de puntas características del ballet.

Son las 20.30 del 19 de agosto, un feriado calmo y cálido. Los primeros minutos en las butacas frente al escenario del Portón se constituyen de presenciar el esfuerzo de una joven balbuceando números, uno tras otro, increíblemente concentrada y con la vista puesta en un horizonte imaginario. Vestida con apenas un conjunto de lencería color natural y retoques de encaje -¿un sujeto desnudo?-, se mantiene firme: nada la distrae, ni siquiera los comentarios del público, que con gran excitación se acomoda en los asientos.

Lub-Dub. Una reflexión acerca de la modernidad, en pies de Carla Rímola y Julia Gómez. Foto: Camila Castro.

Lub-Dub. Una reflexión acerca de la modernidad, en pies de Carla Rímola y Julia Gómez. Foto: Camila Castro.

Comienza el espectáculo, y ahora ella es escuchada con más claridad. Uno, dos, tres, ocho, diez, dieciséis y veintisiete son algunas de las cifras que le oímos repetir, con mucho entusiasmo, pero también con desorientación. Constante, no se desanima: sabe que aprenderá las operaciones matemáticas, y eso es lo que vemos a continuación. La alegre pista musical didáctica de Juan Pestaña resuena en aquel espacio oscuro, y la joven, con una actitud  infantil, se emociona.

La voz masculina, con tono jocoso, comienza a recitar: “Uno por uno, uno, uno por dos, dos, uno por tres, tres”, y así la hace recorrer todas las tablas de multiplicar, del uno al diez. Ella no se desanima, a pesar de algunos traspiés, y acompaña este aprendizaje con una coreografía destinada a cada multiplicación. Al canto de “uno por uno, cinco”, la vemos sostener una impecable quinta posición, mientras que para el resto de los números emplea movimientos más propios de la danza contemporánea, con un toque de gestos torpes, en pos de aquella nena que busca aprender las tediosas matemáticas.

¿Qué es lo que hace a una persona sentirse viva? Foto: Camila Castro

¿Qué es lo que hace a una persona sentirse viva? Foto: Camila Castro

Silenciosa, en una esquina al fondo de un escenario cuyo final distinguimos por el baño de una tenue luz, se encuentra su tutora: la encargada de corregirla cuando se confunde y también de ayudarla en este proceso.

“10 por 10 es 100”. Así, esta primera etapa de la obra finaliza y da lugar a un nuevo sometimiento de la joven, impulsado por su compañera, que la abraza con rigidez, impidiéndole moverse. Patalea, salta, busca liberarse y lucha contra esa opresión, hasta que finalmente se rinde y, con un profundo lamento, cede su voluntad ante las órdenes de la mujer.

Luego, ambas se funden en una sola: ya no existen roles determinados, sino que las dos mujeres constituyen personajes que se van construyendo mutuamente en movimientos que entreveran sus cuerpos y las van amalgamando -con algunas incursiones de brazos ondulándose cual cisnes-, al ritmo de la exquisita música del bandoneonista de Bajofondo Tangoclub, Martín Ferrés. En una suerte de juego de competencia entre las jóvenes, con la tensión recorriéndolas en una serie de abrazos y rechazos, se hizo presente el símbolo: las zapatillas de punta. No fueron utilizadas como instrumento para bailar, sino que por el contrario, su función fue la de un significante: representan el elemento al que ambas mujeres se subordinan, el objeto de castigo. Se sostienen sobre ellas, a modo de “soportar”  esa represión.

Las zapatillas de punta representan el elemento al que ambas mujeres se subordinan, como objeto de castigo. Foto: Camila Castro.

Las zapatillas de punta representan el elemento al que ambas mujeres se subordinan, como objeto de castigo. Foto: Camila Castro.

En estos despliegues encontramos el significado de la onomatopeya “Lub-Dub”, que es el nombre con que se llaman los dos ruidos cardíacos del corazón al latir, que se manifiestan separados por un silencio. La pregunta que emana de esta trayectoria de dolores y dominaciones es: ¿Qué es lo que hace a una persona sentirse viva? ¿Son las cotidianeidades de la vida una imposición externa que nos obliga a cumplir ciertas normas?¿Qué significa aprender?

¿Dónde, cuándo, cómo sentimos a nuestro corazón latir?

¿Son las cotidianeidades de la vida una imposición externa que nos obliga a cumplir ciertas normas? Foto: Camila Castro.

¿Son las cotidianeidades de la vida una imposición externa que nos obliga a cumplir ciertas normas? Foto: Camila Castro.

Quizás una reflexión -aquella de la enseñanza como una forma de sometimiento– que ha sido muchas veces tematizada -incluso a través de la crítica a la danza clásica como una disciplina constrictora de los cuerpos en función de un desarrollo en torno a un ideal que autorizaría al movimiento, censurando, por contraste, otros cuerpos que no cumplieran con esos requisitos-. Sin embargo, una exploración que vale la pena actualizar, en los rápidos tiempos que corren en los que las asunciones y algunas jerarquías son más frecuentes que las críticas constructivas.

Entendemos que Grinstein logra, entonces, reponer, con la pericia artística que la caracteriza, al menos dos debates: uno hacia las constricciones de la sociedad racional y lógica que nos forma como sujetos sociales -cómo enseñamos, cómo aprendemos, cuáles son los objetivos de este aprendizaje y, como ella misma ha dicho, las fugas de dignidad subjetiva en cada sometimiento asumido– y aquel, muy viejo, al interior de la danza misma como disciplina: quiénes bailan, cómo bailan y… a pesar de qué bailan. Es casi un debate foucaultiano. Es así, entonces, que las puntas son trabajadas en cuerpos que las rechazan. Lejos de la belleza que pueden suscitar en otros contextos, quedan aquí desnaturalizadas, lo cual evidencia la potencia de las convenciones.

Las preguntas invaden y conmueven al finalizar la obra, cuando una mujer le ordena a la otra que no se mueva. Y la observamos alejarse lentamente sobre sus zapatillas de punta, con el torso encogido, sosteniendo el aliento en una mueca de dolor. Con un hilo de voz, como un grito de ayuda que sólo alcanza a ser murmullo, la escuchamos preguntar: “¿Respiro?… ¿Respiro?”.

 

CUÁNDO Y DÓNDE

Primera función: 24 de agosto

Sábados a las 21
Teatro Portón de Sánchez
Sánchez de Bustamante 1034 (Tel.: 4863-2848)

FICHA TÉCNICA

Coreografía y Dirección: Roxana Grinstein
Intérpretes: Carla Rímola y Julia Gómez
Asistencia: Maite Salz
Música original: Martín Ferres
Escenografía: Ariel Vaccaro
Iluminación: Alfonsina Stivelman
Diseño gráfico y dibujos: Camila G. Castro
Actriz: Virginia Jauregui
Prensa: Simkin y Franco

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