Refinamiento y belleza, la clave del Ballet de la Opéra de Parí

Por María José Lavandera Antes que nada, verdaderamente es necesario dedicar unas frases a Ludmila Pagliero, cuya presentación fue deslumbrante. Ella es argentina y, con gran esfuerzo y trabajo –por no hablar de su descollante talento-, ha llegado a una cumbre que muy pocas bailarinas clásicas tienen el privilegio de alcanzar. Sin ser francesa y […]

Domingo, 25 de agosto de 2013 |

Por María José Lavandera

Antes que nada, verdaderamente es necesario dedicar unas frases a Ludmila Pagliero, cuya presentación fue deslumbrante. Ella es argentina y, con gran esfuerzo y trabajo –por no hablar de su descollante talento-, ha llegado a una cumbre que muy pocas bailarinas clásicas tienen el privilegio de alcanzar. Sin ser francesa y sin haber sido alumna de la Escuela de Ballet de la Opéra de París, ha llegado al máximo rango –étoile– dentro de una de las instituciones más tradicionales e importantes del ballet en Occidente, como lo es la Opéra de Paris. Sólo su calidad como artista y su coraje, como ha dicho en su momento Brigitte Lefèvre, Directora del Ballet, fueron las variables puestas en juego. Por eso, verla pisar el escenario fue ya un regalo inestimable para este público porteño, que pocos encuentros ha tenido con esta artista, quien ya ha pasado más tiempo viviendo fuera de Argentina que en el país.

Ella fue, y merecidamente, el foco de la venida del grupo de nueve bailarines de la Opéra de París a Buenos Aires, bajo producción de Estela y Horacio Erman, y la dirección artística de Elizabeth Maurin, otrora étoile de la institución. Ellos fueron: Germain Louvet –miembro del cuerpo de baile-, los corifeos Axel Ibot, Gregory Dominiak y Marion  Barbeau, los solistas Florimond Lorieux y Charline Giezendanner, la Primera Bailarina Valentine Colasante y el ‘étoile’ (estrella) Hervé Moreau, quien acompañó a Ludmila en sus presentaciones.

La Gala se constituyó de un programa ecléctico, con obras clásicas y otras de estilo más contemporáneo, las cuales, según había ya explicado Erman en ocasión de entrevista con REVOL, fueron elegidas por ser parte actual del repertorio de la compañía

Inicialmente fue el turno de “Paquita”, con coreografía del francés Marius Petipa, un clásico de clásicos que consagró él mismo en el Teatro Mariinsky, aunque fue originalmente estrenado en 1846 en la Academia Real de Música de París. Esta obra representa la apoteosis del estilo virtuoso y delicado que caracterizó las creaciones de este coreógrafo. En pequeños extractos (versión reducida con un Pas de Trois, entrada, coda, final y Pas de Deux), fue sucediéndose la presentación de cada bailarín. Todos los miembros de este “seleccionado” gozaron de una contundencia y una prolijidad excepcionales. Sin grandilocuencia, y con altas dosis de belleza, elegancia y una técnica impecable ofrecieron una presentación tan correcta como brillante. A pesar de algunos desajustes –presuntamente por malas condiciones de equilibrio del escenario-, bien vale dar cuenta de su profesionalismo, ya que ni las sonrisas ni la destreza mermaron a pesar de las dificultades.

Ludmila Pagliero y Hervé Moreau, étoiles de la Opera de París, en "Cantadagio", de Lazzini.

Ludmila Pagliero y Hervé Moreau, étoiles de la Opera de París, en “Cantadagio”, de Lazzini.

A “Paquita” le siguió “Improvisación”, una reposición de Estela Erman sobre una obra anónima francesa del siglo XVIII, con Gregory Dominiak como protagonista: una suerte de oda espacial al ser humano, con participación de alumnas del Estudio de Olga Ferri, quienes también se lucieron en el manejo de un enorme paño que generó un impactante efecto oceánico sobre el escenario y que fue atravesado y utilizado creativamente en interacción con el bailarín.

Luego, le sucedió el Pas de Deux de un ballet considerado típicamente francés: “La Fille Mal Gardée”, repuesta por Maurin. Es una obra nacida en los albores de la Modernidad -consagrada políticamente en Francia- y fue estrenada por el coreógrafo Jean Dauverbal en 1789, inspirado en una pintura de Baudouin en que se representa una niña enojada con su madre. La música estaba constituida de una compilación aleatoria de arias populares francesas. En esta ocasión la coreografía presentada fue aquella elaborada por el coreógrafo francés Joseph Lazzini. Sus bailarines –Marion Barbeau y Axel Ibot– se lucieron con una interpretación impoluta del extracto. Siguió el romántico Pas de Deux de “Romeo y Julieta”, la variación del balcón, en la versión de Nureyev.

La segunda parte del programa comenzó con el famoso Pas de Deux de “Carmen” a cargo de los étoiles. Tratar de explicar la maravilla interpretativa y técnica que compusieron Ludmila Pagliero y Hervé Moreau sería un derroche. Verdaderamente, creo que nada de lo que pueda decirse pueda estar a la altura de este momento que ambos alcanzaron, que fue absolutamente perfecto. Fueron retribuidos por el público, que suspendió el aliento ante esta interpretación y les regaló una ovación estruendosa al finalizar.

Ludmila Pagliero, en "Carmen", presentada en la Opera de París en esta temporada.

Ludmila Pagliero, en “Carmen”, presentada en la Opera de París en esta temporada.

Se hizo presente después el Pas de Trois que hizo Nureyev para “El Lago de los Cisnes”, integrado por los personajes del príncipe, el Cisne Negro y  Rothbart. Especialmente destacada fue la actuación de Valentine Colasante como el cisne, cuya fuerte personalidad, ante cada aparición, llenó el marco escénico de un modo imponente.

Siguió “La Troisiéme Fenêtre”, de Lazzini, una divertida variación contemporánea de dos enamorados en encuentro y desencuentro, al son de un canto de campiña: con mucho carisma se presentaron él, Ibot, de saco y pantalón, y ella, Giezendanner, con su rubio pelo suelto y un disonante vestido violeta.

Luego llegó el turno del “Grand Pas Classique”, obra que se caracteriza por la nitidez y la simpleza de las líneas típicamente clásicas: se trata de una variación casi académica, que requiere de una potencia sutil y aristocrática. Los movimientos gozan de una austeridad suave y distinguida, con grandes desafíos en cuanto al equilibrio y el sostén de las figuras. Sus bailarines, Marion Barbeau y Germain Louvet, dieron una clase magistral en la interpretación de esta difícil pieza.

Completó la noche una coreografía neoclásica de Lazzini, “Cantadagio” (1972), con música de Mahler, interpretado, una vez más, hermosamente por Pagliero y Moreau: una historia de amor en medio de un escenario despojado, en que el diseño de iluminación fue matizando la presentación a cada momento y ofreciendo diversas texturas a esta pareja que se vive en un renacimiento permanente.

Ver a estos bailarines en acción fue un poco como soñar despierto. Ojalá puedan regresar a los escenarios argentinos y que disfrutemos nuevamente de la pureza y refinamiento con que viven el arte del ballet.

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