Ballet del San Martín: De galaxias, golondrinas y primaveras

Por María José Lavandera El tercer programa del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín, nuevamente, dio que hablar. Y, como siempre, por su excelencia. Es que en este espectáculo no hubo más que buenas sorpresas y un esperado re-encuentro. Se trata del estreno “Galaxias”, de Margarita Bali –de enorme trayectoria en la intersección entre videoinstalaciones […]

Martes, 06 de Agosto de 2013 |

Por María José Lavandera

El tercer programa del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín, nuevamente, dio que hablar. Y, como siempre, por su excelencia. Es que en este espectáculo no hubo más que buenas sorpresas y un esperado re-encuentro. Se trata del estreno “Galaxias”, de Margarita Bali –de enorme trayectoria en la intersección entre videoinstalaciones y danza-, el recién llegado de Alemania Daniel Goldín –donde ha desarrollado una prolífica carrera como coreógrafo en el Teatro Municipal de Münster-, que presentó “Oscuras Golondrinas”, y la siempre bienvenida “Consagración de la Primavera”, con coreografía de Mauricio Wainrot, director de la maravillosa agrupación de danza del mencionado Teatro, a colación del centenario de esta obra, celebrado este año en todo el mundo.

El comienzo estuvo a cargo de la obra de Bali. De pronto, una pantalla gigante en el fondo del escenario proyectó un hermoso paisaje de estrellas brillantes resaltando en el oscuro fondo espacial. Distintas situaciones estelares se comenzaron a suceder, hasta que aparecieron allí, girando al ritmo de los movimientos planetarios, las imágenes de los bailarines que, en pocos segundos más, aparecerían también en el escenario. Los bailarines, convertidos en seres cósmicos, fueron recorriendo un lenguaje dancístico prolijo, elástico y etéreo, siempre en representación de algún fenómeno astronómico proyectado detrás, como fondo, anticipando la aparición de los protagonistas en el espacio escénico real.

Fue guiada la obra por las observaciones de un científico, quien circulaba entre los bailarines-estrellas como si fuera uno más entre ellos: a medida que avanzaba su interés, también lo hacía la obra hacia nuevos horizontes interestelares. De este modo, con un vestuario excéntrico, brillantemente diseñado en amalgama perfecta con la obra por Mónica Toschi, en el que se destacaron estructuras circulares y rígidas, con materiales plásticos y sintéticos, así como vestidos frondosos, inflados, que parecían volar entre las luces celestes, y la música a cargo de Daniel Gendín, el clima de la obra de desarrolló en impecable continuidad estética entre cada cuadro: lunas, galaxias en colisión y en expansión, gases explotando y planetas en circulación constante. En síntesis, “Galaxias” ofreció una exploración danzada sobre el universo, objeto de inacabable asombro por parte de los seres humanos.

"Galaxias", de Margarita Bali, exploró la interacción entre pantalla y espacio escénico real, a través de una reflexión danzada sobre el universo. Foto: Carlos Flynn.

“Galaxias”, de Margarita Bali, exploró la interacción entre pantalla y espacio escénico real, a través de una reflexión danzada sobre el universo. Foto: Carlos Flynn.

La segunda propuesta, a cargo de Daniel Goldín, tematizó, como él mismo ha confesado en entrevistas diversas, bajo la figura metafórica de la golondrina, su propio regreso a la Argentina, luego de años de vivir en Alemania, donde ha logrado una carrera de alto reconocimiento como coreógrafo. Y las “Oscuras Golondrinas” de Goldín fueron, ante todo, oscuras. Vale aclarar que hablamos del logrado ímpetu de contradicciones que desata la obra, no de la interpretación, que fue realmente brillante. Es que será que no hay regreso sin un nervio agridulce que ataque al que vuelve. El encuentro con una cotidianeidad pasada –gastada, mas recordada en clave edulcorada-, con una esperanza perdida, con una puerta cerrada –que quizás alguna vez estuvo abierta-. O quizás con una puerta abierta, que secretamente desearía quien regresa que ya se hubiese cerrado. “Regreso-repetición-reinicio” es la fórmula que sustenta esta obra: al decir de la obra, se trataría de una rutina gris, que termina y vuelve a empezar de modo circular.

La escenografía, a cargo de Matthias Dietrich, es sumamente alegórica para sentir esta obra: una serie de chapas ensimismadas que ofician de muro representan algo que parecería ser una barriada empobrecida. Completa el cuadro una cama deshecha en un rincón, con una muda televisión prendida. Del otro lado, dos grandes focos que representan una calle. La escena desborda melancolía. Es casi un tango de comienzos del siglo XX compuesto en algún arrabal de La Boca. En esta célula triste y anónima, van apareciendo sus protagonistas, hombres y mujeres vestidos en trajes en tonos terracota –tan lúgubres como la escena-, quienes, a cada paso, parecen querer unirse para rechazarse después. Histéricos y anómicos, van oscilando en una indecisión y las tristezas que se construyen sobre el binomio entre ida/llegada.

La coreografía de Goldín es maravillosa en un logro particular: es un in crescendo circular, en el que el grupo se va paulatinamente construyendo – a través de solos, dúos y trabajo en grupos- hasta hacerse homogéneo, como una bandada de pájaros. Con música de Shostakovich y de Bach, los movimientos son cortajeados y agresivos por momentos, para luego esto conjugarse con un lúdico vaivén de caderas, abrazos intensos y una plasticidad clásica. Casi una reflexión acerca de la rutina, casi una crítica a las carencias de la vida moderna, esta obra logra dejar el corazón compungido frente a una chica que canta como llora. O cuando todos finalmente vuelan, si así pudiera decirse, hacia un cielo que es sólo, finalmente, una sábana pintada de cielo.

"Oscuras golondrinas": una reflexión crítica acerca del regreso, en la figura metafórica de las golondrinas. Foto: Carlos Flynn.

“Oscuras golondrinas”: una reflexión crítica acerca del regreso, en la figura metafórica de las golondrinas. Foto: Carlos Flynn.

Y llegó el turno de Wainrot, en su versión de “La Consagración de la Primavera”. Con la música de Stravinsky y escenografía y vestuario de Carlos Gallardo, la obra nuevamente maravilló en el trabajo coreográfico en grandes grupos: los jóvenes y las jóvenes se van moviendo en masa, no sin temor, en vistas al acto de sacrificio por la llegada primaveral, etapa de nacimiento que es preciso agradecer con una ofrenda humana. Con un perfectamente logrado el equilibrio entre la fuerza de la tradición y el rigor –en la figura de lo masculino-, el miedo de “La Elegida” –una maravillosa labor de Sol Rourich-, la indecisión moral frente a la muerte que se avecina en el nombre de la espiritualidad –en la figura de lo femenino-, que, no obstante, nadie se atreve a desafiar, la obra se lleva adelante con la pericia y la belleza de siempre. También vale destacar la labor de Margarita Wolf, como “La Mujer”, aquella hechicera que guía el rito, y de  Gerardo Marturano, “El Hombre”, que impone la regla y el poder para que finalmente  el sacrificio se lleve adelante.

En síntesis, este espectáculo es una nueva razón para querer a esta compañía y a su director, cada día, un poco más.

Dónde y Cuándo

La consagración de la Primavera” – Mauricio Wainrot / ”Galaxias” – Margarita Bali / ”Oscuras Golondrinas” – Daniel Goldin

Jueves a las 14.30, los viernes y sábados a las 20.30, y los domingos a las 19, en la Sala Martín Coronado del Teatro San Martín (Av. Corrientes 1530). Última función: domingo 25 de agosto.

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