Danza sin fronteras: Cartografías y fronteras

María José Rossi, Doctora en Filosofía especialista en hermenéutica, estética y política, analiza el quehacer de la compañía “Danza sin Fronteras”, dirigida por Mariana Chilliuti, y explora las posibilidades de expansión física, emocional y significante de los cuerpos en un contexto de integración que define como “amorosa”.

Miércoles, 15 de Marzo de 2017 |

Por María José Rossi [1]

Una vez escuché a Charly García decir que la música es el intervalo entre dos sonidos. Algo parecido le cabe a la obra que concibió la coreógrafa colombiana Laisvie Ochoa Gaevska, Cartografías porteñas, para la compañía Danza sin fronteras dirigida por Mariana Chilliutti**.

Gentileza.

Ph: Mariana Russo.

Danza sin fronteras podría considerarse una compañía que facilita la “inclusión” de los “discapacitados”, que integra, en su cuerpo colectivo, bailarines y bailarinas “profesionales” con otros a los que cabría catalogar de “discapacitados motores”, a los que las clasificaciones y la distribución de los sujetos en el mapa social contemporáneo confina a los márgenes de lo posible. Sin embargo, el suyo no es un proyecto de inclusión en el sentido tradicional, porque toda inclusión es excluyente, todo incluir implica exclusiones y disyunciones. En cambio, a lo que Mariana apunta es a la incentivación y persuasión. Su apuesta consiste en visibilizar, a través de la danza, todo lo que el cuerpo puede. ¿Qué podemos hacer con nuestro cuerpo? ¿Cómo descubrir nuestras discapacidades? Podemos tener dos piernas que anden, dos brazos que se muevan, y ser incapaces de comunicar y de expresar. Es construir una nueva manera de habitar los cuerpos, el cuerpo propio y el cuerpo social. Por su parte, la trayectoria de Laisvie Ochoa merecería un capítulo aparte: es directora artística de ConCuerpos, una verdadera creadora en el arte de integrar a la danza el “dialecto multimedia”, como lo llama, responsable del primer taller de Danza Contemporánea Integrada que se realizó en Colombia, entre otras muchas actividades.

En el caso de la obra que nos ocupa, Cartografías porteñas, es la quietud, la inmovilidad y más de una pausa silente las que, paradójicamente, tallan el movimiento de manos, brazos, torsos, piernas. Movimiento es lo que queda significado entre los tiempos muertos, en el intervalo de la inmovilidad. Por ahí se da que en una de esas pausas el público aplaude, viene con la inercia de que algo tiene que suceder, del tiempo lleno, de los hechos que se acumulan, de lo perentorio. Los bailarines esperan. Esperan. Los aplausos callan. El final se pospone, llega en el momento menos pensado.

Gentileza.

Ph: Mariana Russo.

Las cartografías y las fronteras se llevan bien: toda territorialidad implica límites y trazado de fronteras, que son las que marcan las diferencias, las que nos distinguen unos de otros. Pero las fronteras no son inmóviles. Lo mismo que las identidades y las diferencias. Cada vez que se corre una frontera, somos otros, otras.

La puesta de Cartografías porteñas exhibe cuerpos en tensión, rostros que gesticulan, voces, pantallas, sillas de ruedas, marcos. Son elementos que componen la ciudad, la vida en las grandes urbes, nuestra vida de todos los días, con sus compases y sus tempos. Aquella donde abundan los bocinazos, los gestos impacientes, los movimientos espasmódicos de sus transeúntes, los marcos (los límites, las normas, las leyes) que enmarcan y encauzan. El trasfondo bidimensional de una urbe agitada acompaña toda la obra. No sólo por las imágenes de video que Lucas González Canosa ha registrado especialmente para esta ocasión, sino también por el sonido. Es Elías Lepera el encargado de combinar y fusionar con maestría la música con lo estridente, eso que no llamamos música sino ruido. Pero también están los momentos de impasse, de silencio, de ternura. Los momentos de morosidad y de quietud. Y los de encuentro amoroso.

Gentileza.

Ph: Mariana Russo.

En “Cartografía sentimental”, Suely Rolnik dice que la tarea del cartógrafo es dar voz a los afectos que piden pasajes, de él se espera que esté involucrado en las intensidades de su tiempo. A diferencia de un mapa, que es silencioso y plano, la cartografía registra las variaciones, las intensidades y el espesor que componen los territorios. Las analogías acuden con facilidad: un cuerpo (también) es un territorio. Un territorio habitado por humores varios.

Al igual que el cartógrafo, un coreógrafo puede imponerle movimientos al cuerpo, exigirle que se adapte y que copie, que se aprenda una secuencia ordenada. O bien puede auscultarlo, oírlo, trabajar con él. Entrar en sintonía. Es lo que hace Laisvie: explorar los cuerpos, poner en acto sus potencias. Poner en acto las potencias (eso que Spinoza llamaba conatus) de todos.

En el lugar que le cabe a la improvisación —los textos que dicen los bailarines no están preparados de antemano— está la palabra como protagonista. Lo contingente también juega. La obra nunca es la misma. Cuerpo y palabra se entreveran. A veces se superponen, otras veces callan. Es así que los cuerpos-palabras-voces de unos y otros —y vale la pena mencionarlos a todos: Pablo Pereyra, Gabriela Torres, Lucrecia Rosseto, Candelaria Locco Mariano Landa, Francisco Paco Morris— van encontrando los puntos de encastre de los cuerpos, se acomodan a las posibilidades de cada cual. La integración no es compasiva: es amorosa.

Ese registro de los afectos sólo puede darse, pues, por el cuerpo. Rolnik aclara: no está disociado del cuerpo vibrátil. Por el contrario —nos dice—es a través de ese cuerpo, asociado a sus ojos, que procura captar el estado de las cosas, su clima, y para ellos crear sentido.

Nuestro cuerpo de espectador o espectadora también crea sentidos. Al culminar la obra, alguien del público escribió que lo que se había producido en esa hora mágica fue una expansión del propio ser. No es poco. Si unos cuerpos a los que solemos estigmatizar logran por un instante expandir nuestro ser, es que hay fronteras que no percibimos. Hay un cuerpo (cuerpos) por reinventar, y una cartografía más por escribir.

Gentileza.

Ph: Mariana Russo.

 

**Mariana Chiliutti es bailarina; su reencuentro con la danza se dio a través de la integración, la promoción de los derechos humanos, el desarrollo social de los sectores vulnerados, la cultura popular y latinoamericana. Impulsa proyectos de intercambio y de revalorización de nuestra identidad a través de la Compañía Danza Sin Fronteras y el Encuentro Latinoamericano de Danza e Integración.

[1] Doctora en Filosofía por la Università degli studi di Torino (Italia). Profesora e Investigadora en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Dirige desde 2008 proyectos UBACyT sobre hermenéutica latinoamericana, estética y política. Autora del libro “El cine como texto. Hacia una hermenéutica de la imagen-movimiento” (Topía, 2007), compiladora de ‘Relecturas. Claves hermenéuticas para la lectura de textos filosóficos” (Eudeba, 2013) y “Esto no es un injerto. Ensayos sobre barroco y hermenéutica en América Latina” (Miño y Dávila, 2017).

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La Compañía Danza sin Fronteras se presentará en “La Noche de la Danza”, a realizarse el próximo 1ero. de abril, 2017 en la Ciudad de Buenos Aires.

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~Clases con la Compañía Danza Sin Fronteras: “Pensar y mover el cuerpo contemporáneo”~

A cargo de Sergio Villalba y equipo de coordinación

Lugar: Santos Dumont 4040, a mts de Av. Corrientes | Días: Primer sábado de cada mes | Inicia: sábado 1ro de Abril | Horario: 11 a 12:45hs

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Inscripción: el mismo día en el lugar 15 minutos antes o via mail.

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