El futuro de los hipopótamos o de cómo en el futuro las cosas se vuelven seres vivos

A partir de la idea de que la obra de arte genera ella misma las condiciones para su crítica, el Tríptico Crítico pensó un modo de abordaje singular de la obra “El futuro de los hipopótamos”, que el Grupo Krapp estrenó en el ciclo Danza al borde.

jueves, 01 de junio de 2017 |

Por el Tríptico Crítico (*)

Deseosas de recuperar un pensamiento de la danza como lenguaje escénico, nos propusimos retomar el concepto de mímesis ( imitación o representación, como se lo suele traducir) con la idea de provocarnos  un desvío de los ejes que desde hace un tiempo  sedimentaron las condiciones de producción de la danza contemporánea y de su hibridación con otros lenguajes artísticos: su recurrencia a la espontaneidad de las sensaciones, su confianza en el aquí y ahora y en la indeterminación, y su  desconfianza  en muchos casos hacia el concepto de obra tradicional.
Queriendo ser fieles a la poética aristotélica, creemos en la vigencia de la mímesis como ficción, como creación   de una realidad otra que nos reconoce como espectadores  por comunión corporal y de sentido. Creemos también en la precisión técnica  que requiere una obra como  constructo viviente, contra el facilismo de la legitimación que muchas veces se vuelve condescendiente y limita la capacidad creadora.
Nos sabemos parte de un universo en donde la imagen no nos distingue ya, no produce diferencias. También por eso creemos en la carga anticipatoria que alumbraba la mímesis  platónica por su obstinación sobre el estatuto de la imagen.
Guy Debord, dice que “El espectáculo se presenta como una enorme positividad indiscutible e inaccesible. Dice solamente “lo que aparece es bueno, y lo que es bueno aparece”. La actitud que exige por principio es esa aceptación pasiva que de hecho ya ha obtenido por su modalidad de aparecer sin réplica, por su monopolio de la apariencia”[1]

¿Es posible generar otra dimensión de la experiencia que no desemboque en la inmovilidad contemplativa a la que nos confisca la idea debordiana de sociedad como espectáculo totalizador?

La nueva obra del grupo  Krapp, El futuro de los hipopótamos, nos sugirió las preguntas en serie que transcribimos a continuación.
Si bien no piden respuestas, creemos que nos remueve de la modorra de la aceptación pasiva y del comentario crítico que ingenuamente supone que integramos una especie de oasis consolador que nos ampara de  nuestra condición de humanos, demasiado humanos.

Las preguntas

En la primera escena, la decisión de mostrar cuerpos  en un estado de constante extrañamiento de sí mismos, ¿supone una desconfianza  hacia  la acción como constructora de la trama escénica?

¿Los movimientos involuntarios de esos cuerpos significan que así como “las cosas se vuelven seres vivos” los seres vivos se vuelven cosas? ¿El modo en que se mueven intenta hacer mímesis de “los rubios dementes, ingenuos, brutales y peligrosos”?

Si creación es igual a destrucción y el absurdo es el código común de la obra, ¿cuál es su sentido? ¿por qué existe?

¿Cuál es el presente de El futuro de los hipopótamos?
Si “la muerte es de fantasía”, ¿es posible la vida?

Si crear y destruir no se distinguen, ¿es posible la acción?

Sin vida y sin acción, ¿qué quedaría? ¿La pura imagen inmóvil, indicio de un pasado? ¿Futuro y pasado tampoco se distinguen?

¿Es posible, sin vida ni acción, sin diferencia entre pasado y futuro, el relato? ¿Es posible la ficción?

Sin acción y sin vida, ¿hay decisión? Si no la hay, ¿quién dirige los movimientos? ¿Quién ordena permanecer erguido? ¿Quién guía el sentido del andar, a derecha o a izquierda, arriba o abajo?

Si no hay vida ni acción, ¿cómo puede un líder ser peligroso? ¿Cómo puede haber peligro sin muerte ni destrucción? ¿Qué peligro se impone, cómo puede amenazar alguien en su total impotencia, en su inactividad crónica?

 

¿Cómo puede haber anarquía sin decisión? ¿O líderes, peligrosos o no?

¿Es, acaso, el reino de la apariencia? ¿Son estas figuras que parecen rubias, que parecen ingenuas, que parecen peligrosas, pero cuyo andar está pre decidido y no tiene consecuencias en su entorno ni sobre otros? ¿Es este el colmo de la alienación, no poder causar un efecto en el otro, ser apenas apariencia y estar rodeado de otras figuras tan aparentes como una? ¿El espectador también es aparente?

¿Qué interés hay por el espectador? ¿Qué se le pide?

Si no crean, ¿recrean? ¿Qué orden reproducen? ¿Está dictado por sus genes? ¿O responden a una ley universal, a una creencia religiosa, a un mandato supremo?

Si el proyecto curatorial de “Danza al borde” es poner en relación a la danza contemporánea con otros lenguajes artísticos, ¿qué lugar tiene la danza en la obra?

Si la obra presupone que se sitúa en un borde, ¿respecto de qué sería ese borde?
Si la obra toma la propuesta curatorial del ciclo, ¿cuáles son las ideas en términos estético-formales con las que discute?

 

¿Hay algo más allá de esa pantalla delimitada por barras blancas, en un mundo en el que ya no hay profundidad de rayos catódicos, sino pura planicie? ¿El único espacio posible está dentro de las barras? Si no es posible entrar ni salir en un reino de la apariencia, ¿el modo de existencia sería el aparecer? Sin capacidad de construcción, sin distinción entre crear y destruir, sin posibilidad de actividad, de operar un solo cambio en su existencia aparente de dos dimensiones, ¿estas figuras son pura imagen?

 

Separadas por completo de la vida, ¿estas figuras flotan por falta de existencia? Se despojan de sus vestidos y los intercambian como si nada, cambian de apariencia y continúan, ¿lo importante es conservar una apariencia cualquiera en un mundo en el que valen ya por sí mismas y no revisten función alguna?
Separadas por completo de la vida, estas figuras flotan por falta de existencia. Se despojan de sus vestidos y los intercambian como si nada, cambian de apariencia y continúan, lo importante es conservar una apariencia cualquiera en un mundo en el que valen ya por sí mismas y no revisten función alguna.

Ocupan el mismo espacio plano, ¿pero están juntos? En su infinita inactividad móvil, en su recorrido pre planificado de esa pantalla, ¿están completamente solos? ¿Pueden registrar otras apariciones, siquiera, en ese mundo al que le falta una dimensión?

¿Qué relato construye el despojo, el amontonamiento de los objetos y el retiro de los cuerpos?
¿Es la obra una negación visible de la vida?

 

(*) Tríptico Crítico es un proyecto del Grupo de los sábados. Autoras: Julieta Ciochi, Guadalupe Meló Crubellier y Majo Rubin. Idea y curaduría general: Claudia Groesman.

[1] Debord, G, La sociedad del espectáculo, La Marca, 1995, parágrafo 13.

Grupo Krapp. El sueño de los hipopótamos. Foto: Carlos Furman.

Grupo Krapp. El futuro de los hipopótamos. Foto: Carlos Furman.

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